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“2 de abril, el espíritu de Malvinas sigue vivo”, por Domingo Peppo

Se cumplen hoy 37 años de la gesta patriótica más importante del siglo XX, por la recuperación de nuestro territorio, las Islas Malvinas.

El 2 de abril de 1982 por la sangre de un soldado argentino, el Capitán de Corbeta Pedro Edgardo Giachino, la Gran Bretaña del Reino Unido fue vencida, y nuestra Patria redimida, recuperando el honor mancillado en 1833.

En esa fecha, en la llamada “Operación Rosario”, una patrulla de hombres y su jefe, produjo la rendición del soberbio usurpador, del imperio pirata más poderoso del mundo, restableciendo la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, para orgullo y honor de los argentinos, respeto y reconocimiento del mundo entero por las heroicas acciones de nuestros soldados en el teatro malvinero. Nuestros titanes valerosos que sólo movidos por la mejor ideología que es el amor a su país, fueron y abrazaron una tierra y un mar desconocidos, manchados por un acto de usurpación, ofreciendo su vida en defensa de los valores y de la soberanía nacional.

Fue una guerra que nos colocó frente a dos escenarios distintos; por un lado, teníamos el triunfo del honor, del coraje, la gallardía y el fervor patriótico, contra 150 años de usurpación; teníamos nuestra Enseña Patria flameando nuevamente en ese cielo austral, como un símbolo de justicia y la dignidad. Por el otro, el inicio de una guerra desigual y de destino incierto, ya que Argentina no solo debía enfrentar a Gran Bretaña sino también a sus aliados (OTAM, EE.UU, Francia, URSS), quien en medio de negociaciones, traiciones de amigos, dilaciones, aciertos y desaciertos envió su flota a reparar la ofensa causada, hundiendo al Crucero General Belgrano, masacrando a 323 de nuestros soldados que hoy descansan en el fondo del mar. Luego de 74 días de conflicto, el 14 de junio de 1982, se produce la rendición de nuestras tropas y la entrega de armas, sabiendo que la guerra justa, la ganan los justos, aunque no triunfen.

Aquel día Inglaterra invadió nuevamente nuestro territorio, arrasó los colores del cielo izando su bandera pirata; pero aquel día no perdimos la guerra, perdimos una batalla, porque la lucha por nuestros derechos soberanos continúa vigente. Esa guerra absurda fue consecuencia de un acto profundamente doloso del gobierno militar de aquel entonces, a los que solo les interesaba prolongar una dictadura que ya se desmoronaba; utilizando a esos jóvenes de apenas 18 o 19 años que estaban cumpliendo con el servicio militar obligatorio, para encubrir su derrumbe. Las verdaderas víctimas, fueron nuestros soldados, que fueron mantenidos en precarias condiciones durante la guerra; donde era moneda corriente la falta de comida, de armamento, de comunicación, de directivas claras y coordenadas precisas. Hasta aquí los que dieron todo, los que dieron lo más importante que un hombre puede brindar a su Patria, la propia vida. Nuestros héroes, los que caminan diariamente por nuestra geografía provincial, los que siendo jóvenes, en cumplimiento del servicio militar obligatorio se encontraron repentinamente luchando cuerpo a cuerpo con soldados profesionales en un contexto de hambre, desprotección y frío. Los que volvieron, tenaces y competentes, como los describió ese enemigo de entonces, han ganado sobradamente el mérito de ser veteranos. Combatieron hasta el límite de lo posible.

Lloraron de impotencia y de rabia el día de la rendición, se sobrepusieron con grandeza a la ingratitud del regreso, lucharon por el reconocimiento a sus camaradas y por sobre todas las cosas, mantuvieron vivo el espíritu de Malvinas. No podemos olvidar jamás a nuestros héroes, que cumplieron valientemente con la Patria, entregándole todo lo que disponían y materializando en los hechos el juramento de fidelidad a la Bandera. Más allá del análisis político de la guerra, si era o no el momento apropiado para recuperar las Malvinas, si podíamos enfrentar con alguna probabilidad de éxito a Inglaterra y sus aliados, o era una utopía, está el hecho concreto de la resistencia argentina en las islas, haciendo lo humanamente posible y todo ello en las peores condiciones imaginadas, en pos de la defensa de la Patria. La gesta de Malvinas merece recordarse más allá de los errores y las consecuencias de la decisión.

Malvinas nos enseñó que no es posible encarar un proyecto común de un país, sin unidad nacional, sin renunciar a las apetencias personales, a deponer las ambiciones sectoriales y entregarnos enteramente a la justa causa de la patria. Nos enseñó que existen mejores caminos para recuperar lo que hemos perdido, caminos alejados de la hostilidad, de la muerte y destrucción de la guerra. Nos enseñó lo que es el valor, la entrega, la abnegación, el coraje y el desinterés que brota de la estirpe sanmartiniana. No recordamos una vivencia tan cargada de emociones contradictorias y desconcertantes como las que experimentamos ese día. La Constitución Nacional nos obliga y convoca a recuperar nuestras Malvinas, por medios pacíficos. Es un compromiso y un mandato, racional, maduro y absolutamente irrenunciable. A treinta y siete años de esa gesta, el espíritu de Malvinas sigue vivo, y solo con la unidad y la diplomacia, de la mano de la palabra y la justicia, lograremos reivindicar a nuestros soldados y devolver a nuestro país y a toda Sudamérica parte de su territorio usurpado, que en este Siglo XXI, volvió a levantar las banderas de San Martín, Bolívar, Belgrano y tantos otros patriotas que, al grito de liberación, consagraron sus vidas al sueño de la Patria Grande y Soberana.

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