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La Chaqueñisazon de la Argentina: Alberto – Capitanich quieren tener partido propio

La carrera de posiciones en el peronismo, para avanzar sobre el control de una formación que no sale del estado gaseoso, avanzará esta semana una nueva etapa. Alberto Fernández habilitó el debate sobre la constitución de un nuevo esquema de representación partidaria. El proceso puede terminar 1) en la creación de un nuevo partido, que absorba a los 16 que integraron este año el Frente de Todos; o 2) en alguna manera de institucionalizar el Frente, respetando la autonomía de los partidos, con el PJ como cabecera. El balance político que hace el Gobierno de su primer mes es agridulce, porque en las dos batallas legislativas que libró, el voto popular, que le dio triunfos contundentes el 27 de octubre, no se tradujo en votos legislativos. Es comprensible entonces que Alberto Fernández busque descontar diferencias con las otras tribus del peronismo – el cristinismo bonaerense, la liga de gobernadores en la que tallan con fuerza Juan Schiaretti y Omar Perotti – mediante la creación de una estructura partidaria propia, que le asegure institucionalidad y refuerce su autoridad, hoy en construcción. En el viaje que hizo el miércoles al Chaco discutió el proyecto con Jorge Capitanich, el más imaginativo de los dirigentes del peronismo, que ya tiene escrito un proyecto para esa reforma. El presidente le indicó un camino extraño, que hable del tema con un personaje de dimensión menor en el oficialismo, el intendente de Zárate Osvaldo Cáffaro. Este lunes, Capitanich se constituirá en Buenos Aires para hablar del proyecto con el alcalde – un exsocialista que se sumó al peronismo kirchnerista y que en un tiempo era el intendente predilecto de Julio de Vido, vecino de Puerto Panal, Zárate. Cáffaro se benefició en obras por esa vecindad. Capitanich ya tiene redactado todo el proyecto, incluido el sistema de elección de autoridades y de candidatos. Esto último revela otra punta de la iniciativa: avanzar en la abolición del sistema de las PASO, o en reformas que le quiten efecto. Una es acercar la fecha de las primarias a la de la elección nacional y la asunción, para evitar interregnos odiosos y destructivos, como el que sufrió Macri este año. Otra es eliminar la obligación de ir a las urnas a los partidos que presenten listas únicas. Con eso se terminan las PASO. “Lo tengo que discutir con Landau”, se previno el gobernador. Jorge Landau es el apoderadísimo del PJ y autoridad en estas minucias, a quien consulta el peronismo y también los otros partidos.

Capitanich le explicará la iniciativa este lunes también a Perotti, con quien tiene cita en Buenos Aires para hablar de la Hidrovía. Este servicio está en puerta para licitar la concesión. Es uno de los grandes negocios de la Argentina, y ha sido siempre terreno para sospechas y denuncias de presunta corrupción. Elisa Carrió lleva una pesquisa de hace años sobre esa vía. En cuanto al partido, Capitanich tiene posición tomada desde hace tiempo. Entiende que el peronismo tiene que convertirse en una opción de centroizquierda, no por una matriz ideológica, sino como contracara de la alianza Cambiemos. El armado de lo que fue el Pro, dice la leyenda, nació de un consejo de José María Aznar a Macri antes de lanzarse a la política: “Hagan lo que hicimos en España, junten todo lo que esté a la derecha del socialismo. Así hicimos y ganamos con el PP”. Macri ensayó ese formato, ganó para siempre la Ciudad de Buenos Aires y un turno presidencial. Se entiende que Capitanich, que no es el Che Guevara, sostenga la opción del peronismo como la sinistra criolla. Que Alberto hable con él de cuestiones partidarias se explica porque los políticos parecen tomar en cuenta las señales en todo el mundo sobre la crisis de representación. El friso imprescindible hoy es el filme “El guasón”, que explica la rebelión de los indignados contra los ricos y los personajes de la TV, algo que se ha vivido en Chile, Ecuador, París, etc. La otra película que expresa la crisis de las organizaciones es “El Irlandés”, metáfora moral sobre las familias endogámicas – delictivas, políticas, etc. – en las te mata quien debería cuidarte. Capitanich ha sido, además, muy crítico de los gobernadores peronistas que cogobernaron con Macri. Los fustigó como colaboracionistas y eso halagó a Cristina. Ahora Fernández necesita asentar su autoridad en una tarima en donde estén los gobernadores. Ninguno de ellos se siente menos que Alberto, un presidente designado por Cristina, no elegido por el partido. Para eso busca como punta de lanza a Capitanich, que es a quien él apoyó por sobre otros, para que fuera el único que llevase la boleta del Frente de Todos en la elección a gobernador. Costó mucho lograr eso. Cristina ya despreció el sello PJ en 2017. Fue a elecciones con un frente propio y sacó 37% ganándole a todos los otros peronismos. El sello PJ lo llevó Florencio Randazzo, que hoy integra la lista negra de Cristina, junto a otros dos que no mencionaré para no viralizar posiciones que en el peronismo nunca son eternas. Remember Massa y Alberto hablando de ella hasta hace un año. Hoy hay que llamar a la policía para separarlos. No, mejor no, todos tienen fueros.

Traducir el voto popular en votos legislativos

El debate sobre la institucionalidad se replica también en la oposición. El debate en los dos congresos – ley de ajuste en Nación, la tarifaria en Provincia – ha sido una prueba de la capacidad de Cambiemos para preservar la unidad con alguna institucionalidad, que les permita mantener algo que todavía no logra el oficialismo. En las dos batallas legislativas, el 40% del voto a Juntos por el Cambio sí se tradujo en votos. En el debate de la ley de emergencia el Gobierno transpiró para iniciar la sesión en la Cámara de Diputados, y lo hizo con apenas dos votos por sobre los 129 votos necesarios. Le costó, porque debió pagarles a quienes le dieron el número, como el bloque lavagnista de “Bali” Bucca, sector que ha nutrido de nombres propios al Gabinete de Alberto. Este antecedente y la derrota en Diputados en Buenos Aires, desdibuja la fuerza de un gobierno que ganó en primera vuelta la presidencia, y que apabulló de votos en la provincia. Se prueba que el Gobierno tiene que resolver la unificación, pendiente aún, de su autoridad. Aunque sea un prejuicio, hay quienes ven un gobierno bicéfalo o multicéfalo, si se suman Alberto por un lado, Cristina por otro, los gobernadores e intendentes por el otro. Estas diferencias demoran el arranque de la administración con retrasos en designaciones de funcionarios, y le impiden facturar en votos legislativos los apoyos que tuvo en el voto popular. Para la oposición significa que el 40% de los votos nacionales y los 38% en la provincia, le rinden legislativamente. Es un capital que les preocupa cuidar. En otro momento, una derrota de las dimensiones del 27 de octubre hubiera precipitado un turno de ajustes, pases de factura, reproches y recuento de daños y hubiera dividido a los derrotados. Si se repasan los whatsapps que comunican a los opositores, es recurrente el llamado a blindar esa unidad, algo difícil por las diferencias que hay, por ejemplo, entre Macri y el jefe radical Alfredo Cornejo, que lo querría ya jubilado. El debate no se ha iniciado, pero Miguel Pichetto, anotado hoy en el frente opositor, insiste en que Cambiemos debe fundar un nuevo partido que licue a los que integraron la coalición e integre a los que pudo ser el peronismo republicano, o sea los sectores que lo acompañaron en Alternativa Federal. Difícil que eso ocurra, porque la UCR no querrá nunca diluirse como partido, aunque siga en esa alianza.

Macri heterodoxo y solitario en Cumelén

Los dirigentes de todo el país están llamando por los canales cibernéticos a un pronunciamiento de la mesa de la coalición sobre la candidatura de Daniel Rafecas a Procurador de la Nación. Si el bloque de senadores se divide, el Gobierno habrá puesto a quien quiere en ese cargo. Y quebrará la unidad de la oposición. Lo respetan todos, porque lo creen un juez con menos dependencia de, por ejemplo, el mundo de espionaje. Otros no lo quieren porque es quien forzó a un careo entre Fernando de la Rúa y Mario Pontaquarto. Un bajón por donde se lo mire. Macri sigue de vacaciones en la pedanía dorada de Cumelén, pero no dialoga de política con nadie. Cuanto más, habilitó una charla con amigos con una autocrítica: ¿debimos dejar flotar el dólar desde el primer momento del gobierno? La frecuentación final con Hernán Lacunza lo acercó, quizás, a la heterodoxia. Pero es tarde. Ha prometido silencio hasta abril y solo ha habilitado a Fernando de Andreis para que le diseñe una agenda de viajes, para su regreso después de enero. En aquellas lejanías patagónicas ha despuntado para alguna celebración social (el cumpleaños de Federico Pinedo, el 29 de diciembre) y está pendiente una reunión con otros visitantes ilustres que vacacionan por allá, el presidente de la Corte Carlos Rosenkrantz, que alberga en la residencia de la familia de su mujer, Esteban Bullrich, los primos Caputo, Toto y Nicky, no muchos más.

El dilema Rafecas es sobre la estrategia

Cumelén ya no es el Anillaco macrista; que se llenaba de entornistas en los veranos presidenciales. Son personas con quienes discutir la posición de Cambiemos hacia Rafecas. ¿Le tiene que dar la oposición el cargo de Procurador a Alberto? La única herramienta de poder que tiene la oposición es la llave de los 2/3 en la Cámara Alta para aprobar al procurador, alguna designación en la Corte o el Defensor del Pueblo. Es lógico que el cargo sea prenda de una negociación en conjunto. Macri dejó pasar la posibilidad de un pacto con el peronismo no cristinista, antes de 2015, para poner un procurador propio. Tampoco le aceptó negociaciones por sillas en el Banco Central y el directorio pasó cuatro años en comisión, salvo los primeros presidente y vice (Federico Sturzenegger y Lucas Llach), ni tampoco negoció un cargo en la Cámara Nacional Electoral. También apañó a la jueza de la Corte, Elena Highton, protegida por Germán Garavano para que siguiese en el cargo, al no apelar una decisión judicial, y la libró de jubilarse. Eso le impidió tener tres jueces para una mayoría propia: los dos designados por el Gobierno y una vacante que desperdició. Highton entró a la Corte de la mano de Alberto, y hoy el presidente tiene, con poco gasto, una jueza propia en el tribunal más alto.

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